Del fondo del pozo a la vida

No tengo alma. No tengo vida. Ya no existo….

Esa tarde… me dijeron: “Ha muerto” “Se ha quitado la vida”

¿Pero qué es esto? Pero esta crueldad de la vida, ¿¿¿es posible que exista????

Mi vida, mi vida, mi amor, ¡¡¡si apenas unas horas antes te había dejado en casa!!!! No es posible… No puede ser…. ¿Esto es un sueño? Pienso, siento que necesito aunque sea tu último abrazo, una última sonrisa tuya, ver que tus morenos ojos me miran… ¿Y no lo voy a tener?

Mi vida, mi amor, ¿tan lejana a ti estaba que ni siquiera lo intuí? ¿Tan lejana que no pudiste confiar en mí? ¿Tanto te fallé? Mi vida, mi amor, perdóname. Sólo necesito tu perdón y ya no lo puedo oír.

¿Cómo se puede soportar esto? Mi alma no puede.

Sólo quiero amarte y no estás. De repente, no estás. Y no vas a estar. Y necesito desesperadamente amarte y darte todo lo que necesitabas. Pero sólo hay dolor. Un dolor inimaginable para mí. Mi vida, mi amor… es tan inmenso, tan ardiente, que si tú siquiera lo hubieras podido intuir, sería imposible que te hubieras quitado la vida. Porque si tu sufrimiento no lo has soportado, mi dolor te habría espantado. Nadie que quiera a alguien, le puede dejar este legado. Legado de destrucción total, un legado de muerte que cada día, cada hora vuelve a comenzar, se renueva como una pesadilla interminable.

Pesadilla que conforme pasa el tiempo, cada vez aumenta más y más su intensidad. No entiendo cómo mi cuerpo, mi corazón, no han saltado hecho añicos, no entiendo cómo sigue bombeando, si yo ya he muerto de dolor. Qué pesadilla que mi cuerpo siga viviendo, que mi corazón siga latiendo…. ¿Pero cómo no se ha parado ya en seco ? ¿Es su propia inercia?

Amor mío, ¿por qué me apartaste de tu mente, de tu corazón? ¿Acaso pensaste que con el tiempo lo superaría? ¿Acaso imaginaste que podría vivir sin ti? ¿Acaso pensaste que eras prescindible? ¡¡¡Mírame: yo soy tú, tú eres yo, estamos unidos, íntimamente unidos!!!. ¡¡Somos uno!!! Adoro tu sonrisa, adoro tu voz, adoro tu Ser. Hagas lo que hagas, pienses lo que pienses, seas quien seas, en tus más profundos fracasos, te amo y sólo te siento a tí, único, maravilloso, adorable. ¿Ves? Es amor. Sé que me amabas profundamente, pero te enredaste poco a poco y fuiste perdiendo tu abanico de mirada, lo fuiste reduciendo a tu angustia, a tu sufrimiento, y éstos inevitablemente comenzaron a aumentar y a aumentar y así te fuiste olvidando de tantas cualidades tuyas, de tanta maravilla que eras, de tanto amor que te rodeaba…. Y todo esto no lo supe ver…¡¡ cuánto dolor!!

Te amo tanto que hasta sentí que hubiera sido mejor no haberte conocido, para que este insoportable sufrimiento no hubiera aparecido. Pero tú sigues grabado en cada poro de mi piel, en cada cachito de mí. Y tengo que soportar seguir viviendo. Los minutos se hacen eternos, estar viva una hora es un esfuerzo de titanes. ¡Y mira que ha pasado tiempo….! Porque tu ausencia y la culpa me matan a cada instante. Y me reprocho, ¿cómo no pude darme cuenta? ¿Cómo te tuviste que sentir en tu soledad callada? ¿No merecí tu confianza? Y me respondo: “todos estos años…. te fallé” “no supe estar a tu altura”… Te imagino una y otra vez sufriendo, en una intensidad que yo no percibía, y sintiéndote sólo, sin mi apoyo, sin mí, porque yo estaba ocupada, y ¡¡eso me mata!!

Miro el pasillo de casa y pienso que no volverás a aparecer en ninguna de sus puertas. ¿Esto es la vida? En un instante ya no estás y ya no vas a volver a estar.

Y pido perdón a los vivos, a los seres amados que viven a mi lado. Os grito desesperadamente: ¡¡¡no me abandonéis, no me dejéis de lado, seguid cuidándome, aunque haya pasado el tiempo, amadme, os necesito!!! Pero por favor, perdonadme porque no os puedo mostrar mi amor, no os puedo devolver nada, porque estoy muerta. No tengo fuerzas, no tengo vida para no fallaros, para daros lo que necesitéis de mí. Lo siento. Y os suplico, no me pidáis que lo supere, no me pidáis que esté bien, pues es una tortura añadida… Ya no puedo más. Lo siento. ¿Dónde están los sentimientos?… Se han ido. Estoy vacía de ellos. Todo lo copan el dolor y la culpa.

Leo este escrito que hice hace menos de tres años, y me doy cuenta del camino hecho. Es un proceso en el que durante mucho, mucho tiempo no se ve luz, no la hay. Me resultaba increíble y además imposible imaginar que pudiera ni siquiera haber una mínima posibilidad de poder llegar a vivir con un mínimo de sosiego. Suponía que eso era para otro tipo de personas, pero no para mí. Yo no podía vivir con semejante sufrimiento, y éste era imposible que pudiera disminuir porque la realidad de los hechos y de mis propios “fallos” eran y son innegables. Entonces, ¿qué otra forma de mirar había? ¿Qué otra forma de vivirlos había? Hoy puedo decir que vivo en paz. A veces me emociono, cuando me surgen recuerdos, sensaciones…, o cuando leo sobre lo que he vivido, y sigo en paz, porque me comprendo. Comprensión que abarca también todos esos “fallos” que tuve. También sé que estuve sujeta a la vida durante mucho tiempo por un hilo fino, muy fino, al igual que les ha pasado y pasa a muchos sobrevivientes al suicidio de un ser querido, donde la muerte parece que es la única salida real a la necesidad imperiosa de descansar de tanto sufrimiento.

Este camino es duro, muy duro, pero es posible y muy real. Para mí fue como si de repente, se me hubiera transportado de mi mundo (completamente normal, con sus alegrías y sufrimientos) a otro mundo absolutamente infernal, donde sólo hay dolor y dolor, y sufrimiento y sufrimiento, sin descanso, continuo…¡¡¡y sin salida!!! Instalada allí por la realidad de los hechos, la imposibilidad de volver a mi mundo anterior con la oportunidad de poder corregir toda una serie innumerable de “fallos que tuve” y así volver a tenerle junto a mí me sumergió en una espiral de autodestrucción psicológica emocional absoluta. Afortunadamente en medio de esta vorágine tuve el sostén de personas que me querían muy profundamente, y también de una en especial que me transmitía que había salida. Un ejemplo para mí al que me agarré desesperada. Para ello tuve que aceptar que estaba en ese mundo infernal, en ningún otro, y comenzar a observar cómo funcionaba, qué mecanismos son los que lo rigen, profundizar hasta llegar a conocerlos. Porque ese mundo infernal lo creaba y alimentaba yo. Poco a poco, muy poco a poco, fui desarrollando la claridad psicológica para decidir salir de ahí. Con muchos e intensos altibajos, comencé a andar un camino que parecía invisible. Hoy sé que he salido de ahí, y sobre todo, vivo en paz con los hechos. Y qué duda cabe, mi comprensión y conocimiento de muchas cosas se han desarrollado como no me imaginaba, tal y como describen tantas y tantas personas que han podido traspasar experiencias traumáticas y dolorosas. Pero sobre todo, sé que todos tenemos esas capacidades, las mismas, y que el sufrimiento nos dirige a ellas cuando necesitamos salir de él. No hay nadie especial que esté “tocado por una estrella”. Como personas humanas que somos, todas llevamos con nosotros un mundo de posibilidades personales de las que no somos conscientes, en muchos casos, hasta que nos toca hacerlo por la realidad de los hechos.

La ayuda de personas que han transitado por este camino en muchos casos nos resulta necesaria. Es el caso de quienes hemos iniciado esta asociación. Por ello, nuestro principal objetivo, es estar ahí, acompañarnos en estas circunstancias tan duras para ir transitando por ellas, rompiendo la soledad en el sufrimiento que es tan habitual en los que quedamos tras las muertes por suicidio de nuestros seres queridos, soledad aún más intensa al estar alimentada por el tabú que nuestra cultura ha instalado en la sociedad y que ha hecho que se silencie y se aleje lo más posible de ella todo lo que rodee a la realidad del suicidio.

Elena Aisa